Asientos de ratán, guardas de uniforme y el inconfundible sonido de la campana. Cómo la capital argentina llegó a ser la «Ciudad de los Tranvías» y dónde podés subirte gratis a estas reliquias rodantes hoy en día.
El 22 de abril de 1897, la fisonomía y los sonidos de Buenos Aires empezaron a cambiar para siempre. Ese día circuló de forma experimental el primer tranvía eléctrico de la ciudad, despidiendo lentamente a los antiguos coches tirados por caballos. La innovación tecnológica fascinó a los porteños y sentó las bases para una red de transporte que definiría la identidad urbana del siglo XX.
Buenos Aires: La «Ciudad de los Tranvías»
Durante su época de mayor esplendor en la década de 1920 y 1930, Buenos Aires llegó a ser conocida mundialmente como la «Ciudad de los Tranvías». Con casi 900 kilómetros de vías y cientos de líneas cruzando cada barrio, era imposible imaginar la vida porteña sin su presencia.

Sin embargo, el progreso trajo nuevos protagonistas. El auge del colectivo y del automóvil motorizado fue acorralando a los tranvías, hasta que en febrero de 1963, por un decreto gubernamental, el servicio fue suprimido y las vías comenzaron a ser levantadas o tapadas por el asfalto. Parecía el final definitivo de una era.
Un museo vivo en el barrio de Caballito
Por suerte, un grupo de apasionados se negó a dejar morir esta historia. Gracias a la labor de la Asociación Amigos del Tranvía (AAT), fundada en 1976, Buenos Aires recuperó parte de su memoria rodante.
Hoy, más de 120 años después de aquel primer viaje eléctrico, el Tramway Histórico de Buenos Aires ofrece un verdadero «museo en movimiento» en el barrio de Caballito. Todos los fines de semana y feriados, una flota de tranvías originales impecablemente restaurados vuelve a salir a las calles desde la esquina de Emilio Mitre y José Bonifacio.
Lo mejor de todo es que el paseo es totalmente gratuito. Durante el recorrido de unos dos kilómetros, motormans y guardas vestidos con trajes de época pican los clásicos boletos de papel, mientras los pasajeros disfrutan de los asientos de madera y ratán, dejándose llevar por el hipnótico traqueteo que alguna vez fue la banda sonora diaria de Buenos Aires.